El sobreviviente

Lalo está en la casa de la abuela. Se lo había pedido a mi mamá y a mi papá, en lugar de un hermanito, para mi cumpleaños. Me dijeron que primero tenía que pasar de grado, que si era responsable con la escuela iba a ser responsable con el gato. Por eso, pasé a cuarto y tuve muchos muy bien diez felicitados. Con cada prueba de la maestra sumaba porotos para Lalo. Ahora estoy chocha porque al fin voy a conocerlo. Ya no hay clases y hace calor así que podemos ir a buscarlo. Eso sí, mi mamá me avisó que nos vamos a tener quedar unos días con la abuela, hacer un último esfuerzo.

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Las rutinas chiquitas

Son las siete de la tarde. Todavía no me bañé ni tendí la cama. Hace 114 días que hago las dos cosas todos los días, religiosamente, no importa en qué orden ni cuándo. Hay días como hoy que se me hace tarde, que estiro y estiro el despertarme. Hace seis horas que salí de la cama y todavía sigo dormida.

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La pregunta

No sabía cómo empezar hasta que hice un postre Royal. Hice es mucho decir porque tiré un polvito y un litro de leche en una olla y revolví a fuego lento durante unos minutos que no conté. El ruido de la cuchara de madera sobre el fondo de la olla y el movimiento circular y repetitivo del brazo fueron relajantes.

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La ilusión del escritor

La ilusión de los mamíferos es una novela que exige y reclama soltar el celular, tomar distancia de los relojes y olvidar el on line. Porque, entre muchas otras cosas, Julián López invita a ver, oler, escuchar y sentir una historia de un amor que ya no es. En la primera página un hombre le cuenta a otro que no está lo que vivieron juntos, un hombre que habla solo, un hombre que se quedó o dejaron solo. “Voy a almorzar solo, frente a vos, en esta plaza”, dice el protagonista que tampoco tiene nombre. Una línea sobre la soledad, la pérdida y el duelo de un hombre pero también de la persona que lee. “Para poder terminar una cosa -intuye López- tenés que poder contarla. El personaje puede contarla y a su vez quedarse abrazado a esa historia”. 

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Electrónica: ¿una fiesta no sexista?

Una chica baila con un abanico en la mano, la rodean amigxs y recién conocidxs. Forman una ronda sin límites y el abanico es como un pájaro blanco que los sobrevuela entre las luces. Le agradecen, le sonríen, le rezan. Mientras tanto, alguien llega con dos botellas de agua fresca que circulan entre todxs. Quedan tres horas de fiesta: algunxs bailarán abrazadxs, otrxs en triángulos, otras solas.

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